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UN CONTINGENTE POR LA DIGNIDAD.

Herir a un hombre en su dignidad es un crimen. Nadie tiene derecho a decir o hacer nada que disminuya a un hombre ante sí mismo. Lo que importa no es lo que pienso de él, sino lo que él piensa de sí mismo.

Es cierto. La dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos. El mundo está plagado de exaltados sin bases reales de grandeza. No son dignidades de la vida, sino burócratas del mal acontecer. Son ambulantes seres que dominan la deshonestidad, expertos en su tránsito por todas las avenidas del delito sin sanciones. Y vale ante esa cruda realidad, indagar  dónde está la dignidad a menos que haya cierta honestidad?

Hay veces en que las envidias, afrentan dignidades de verdad, merecedoras del apoyo ciudadano resuelto. Hay seres superiores que pasan por los cadalsos de la miserableza humana.  Pero ante esos eventos, la DIGNIDAD de la naturaleza humana requiere que enfrentemos siempre las tormentas de la vida.

Resignarse a una ubicación humana que no mereces, es claudicar. Luchar por los derechos de los hombres es un deber ineludible. Que nadie lo olvide. Vale más un minuto de pie que una vida de rodillas. Vale más enfrentar las luchas desiguales, que aceptar por inacción las derrotas afrentosas.

He conocido casos tristes. Seres humanos que aceptan cargos para lograr una disminución en el nivel de las penas, porque no creen en la justicia. Eso causa dolor, infinito dolor. Y a veces son las propias autoridades judiciales quienes recomiendan esa receta claudicación de vida. Tus hijos te necesitan en la calle. Ya has sufrido demasiado. Acepta los cargos o te duplicarán las penas, son los consejitos, que se registran en el acontecer sombrío de los pueblos del mundo.

Pero hay suicidas, hay seres extra terrestres, que van hasta el final, cuando la verdad se encuentra afrentada.

Hay hombres y mujeres, que no conciben la vida si hay que arrodillarse frente a la injusticia. El mapa de la vida nacional exige luces que no tililen, que no se apaguen a la mitad del camino, que no claudiquen en la defensa de su cierta dignidad.

Llevo cinco lustros, un cuarto de siglo, en mi batallar por lo que resulta elemental reconocer. Veinticinco años de lucha en demanda de un juez valiente. 300 meses en los cuales no me resignado ante la tormenta ignominiosa.

Un primero de enero, el de esta anualidad, tomé la decisión irreversible, de sacar la casta del indoblegable guerrero que tengo. Solo ante Dios inclino la cabeza. Pero ante las equivocaciones, nobles o perversas de los hombres, aun caído me levanto. Y voy hacia adelante, sin saber cuál será el destino de mí batallar difícil.

Esa ha sido mi vida. Lucha es la palabra que la ha presidido siempre. Méritos es lo que me ha permitido superar zancadillas y florecer en terrenos que no admiten dueños diferentes a los señoritos de siempre.

Jamás acepté la sabiduría milenaria de mis antepasados, el consejo de mi padre. Jamás acepté, lo recuerdo, eso de que la mano que no puedas cortar bésala. Hay veces en que esas manos se juntan, y se vuelven triste y realmente poderío arrollador y criminal en extremo. Y apelan a derroteros no dignos para decapitar a quienes en los caminos democráticos les son superiores.

Esa parece ser la historia del mundo, en sus cuatro puntos cardinales. Yo jamás me plegaré ante ello. Si soy el mejor, pues bienvenida la victoria. Si no lo soy, bienvenida la victoria merecida de mi contrincante de ocasión.

Esa debería ser siempre la regla de oro. Pero muchos han tenido cunas de oro. Y desde pequeños se les ha inculcado que son dioses superiores. Y otros, que no las han tenido, les bastan limosnas de poder dadas por los privilegiados a ultranza.

Sigue la batalla. Yo creo en mi victoria. Mis fundamentos no son demagogia. Son jurídicas razones de valores superiores. Mis pruebas son del Estado. Irrespetarlas es fusilar la Constitución, envenenar la dogmática penal.

Quedan pocas horas para saberlo. Que Dios me proteja y el pueblo me siga respaldando, es mi clamor por la verdadera Justicia para mi proceso. Ojalá sea feliz su final luchado. Lo último que se debe perder no es la esperanza, es la dignidad!.

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